Pausa

Nota: Post original publicado en pablomarambio.cl en 2012.

La última vez que se sentó Doña Gloria en la silla, se sintió un crujido feo. Fue un ‘crac’ que retumbó en la sala. La vez anterior a ésa, también se había acentuado la grieta en la pata inferior izquierda, pero el sonido fue casi imperceptible. Esa vez, sólo el gato y yo nos dimos cuenta. Yo, por mi oído musical; el gato porque dormía al lado, debajo de la mesa.

Lo que astilló la pata de la silla fue el peso de Doña Gloria –más de 100 kilos– y la forma intempestiva que tiene de sentarse. No sé si se ha fijado, pero es como ocurre con las señoras muy gordas: después de flectar hasta cierto punto las rodillas –momento hasta el cual no sabes si la señora se va para adelante o para atrás– simplemente se dejan caer. Es divertido. Durante el cuarto de segundo que caen hacia la silla, muestran cara de terror. Lo mismo ocurre con Doña Gloria: la cara de miedo no se le quita hasta un segundo después, cuando está segura que aterrizó bien y que la silla aguantó. Obviamente, por el crujido que emitió la silla la última vez, la cara de terror le duró bastante más tiempo.

Igual se sintió medio avergonzada. Para que se sintiera mejor le propuse que mandara a reparar la silla, porque estas sillas viejas se apolillan con el tiempo y terminan cediendo. Pero ésta no mostraba ninguna señal de estar apolillada. No, en este caso definitivamente fue ella la culpable.

La cosa es que aquí estoy de vuelta donde Doña Gloria, una semana después, habiendo olvidado completamente el episodio del crujido. Y Doña Gloria también lo olvidó rapidito, porque la perla no mandó a reparar la silla. “Tome asiento”, me dice ella con esa misma cara que muestra ahora. No se le borró la sonrisa, ¿la ve? Fíjese, sólo alcanzó a abrir un poco los ojos, pero muestra la misma sonrisa con la que me pidió tomar asiento.

Claro, yo, el muy tarado, escojo esta silla. Sabía que no me tenía que sentar aquí, pero no sabía por qué. Más que saberlo, lo sentía. Se me vino un dolor agudo al estómago, como cuando… como el que te da cuando te mira una mina rica, ¿me explico? Bueno, dolor o no, me senté igual. En la silla del respaldo rojo, la única de ese color. La silla con la pata astillada.

Y usted llega aquí, de la nada, y me dice que después de esta pausa voy a terminar con la pata de la silla ensartada en la espalda, y que moriré en el acto. No entiendo cómo, porque el respaldo de la silla es de madera y seguramente terminaré cayendo al piso sobre él, y eso debería proteger mi espalda.

Eso es imposible. ¿Cómo me dice que la pata va a atravesar el respaldo de madera y además mi espalda? ¿Que te tutee? Bueno.

Así que puedo preguntar lo que quiera. Su nombre. Digo, tu nombre.

¿El Judas, o Judas nomás? No, no sé nada de la biblia, por eso pregunto. Sólo sé que hay un tipo malo que ahorca a Jesús, o que lo besa y lo ahorca, o algo así. Y que se llama Judas. Claro, bueno. Sí, nunca fui bueno para ese ramo, y mis papás no eran muy religiosos que digamos, aunque eso tú lo debes saber. ¿No lo sabes? ¿Y qué sabes, entonces? ¿Sólo que voy a morir aquí, en un cuarto de segundo más? Bah. Qué fome.

Pero si no sabes nada excepto cómo voy a morir, entonces, ¿qué puedo preguntar? Ah, claro… sí, ¿Por qué funciona así la cosa? Digo, por qué ponen estas pausas antes de la muerte. ¿Sólo conmigo? ¿Cómo, con casos similares?

O sea, ¿lo hacen porque hace falta una explicación? ¡Pero si a mí no me explicas nada, y esto es de lo más estúpido, voy a morir ensartado!

Así es que si vas a morir intempestivamente, te hacen una pausa y aparece un compadre como tú, pero sólo para que tengas una especie de explicación. Ya, bueno. Y no puedes detenerlo, ¿no?

Discúlpame, pero eres un inútil y un malparido. Sí, imbécil, si sé que no puedes ser un malparido, pero te lo digo igual, ¿eh? En alguien me voy a descargar, y ése serás tú.

Para Lola

Muchas gracias Victoria, me ayudaste a que este cuento pasara de ser un bodrio a algo que se pudiera entender

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