Aside

Novela, episodio 1: El portón de la escuela.

Conozco varias técnicas para darme cuenta que estoy soñando y luego convertirme en un Dios. Sí, puedo ser un ente omnipotente en el sueño, capaz conocer a quien quiera, cambiar el rumbo del tiempo y de crear y destruir mundos. Como Dios del sueño, tus poderes están sólo limitados por tu imaginación. Y por el sueño, claro. Si despiertas, pierdes todas tus facultades. Básicamente, como Dios puedes hacer lo que sea excepto existir en el mundo real.

No debería haber necesidad de explicarlo; ser Dios es de lo más entretenido. Nombra una cosa, la que quieras. O una persona, o un puesto, o un momento. ¡Zap! Listo, es tuyo. Así de simple, sin complicaciones ni esfuerzos. Consigue ese sillón presidencial sin papeleos ni elecciones. Presidente de Chile. ¡Bah, qué cosas! Mejor presidente de Estados Unidos, y ordenas de inmediato una bomba nuclear sobre quien quieras. O una pequeña invasión por la democracia. Y te hacen caso, ¿eh? ¡De verdad! Eso sí, los generales te piden los códigos de activación. Pero no importa, te los sabes de memoria. Dales tu número de teléfono o el número de la casa, a mí siempre me funciona. No hay nada como una pequeña bombita nuclear sobre París para comenzar una guerra atómica mundial. Lo mejor de todo es que después de dejar la cagá, te despiertas y no ha pasado nada.

Pero, ¿para qué querrías ser presidente? Puedes tener todo el poder y el dinero del mundo a tu disposición sin gozar de posición de autoridad alguna. Sólo tienes que creer y saber que ya es tuyo, y listo. Dinero, infinito dinero. Imagínate una cifra gigante cualquiera, revisas tu cuenta corriente, y redoble de tambores… ahí está. Tantos ceros como quieras. Te compras un auto –¿qué? mejor un avión. Un F-16. Puedes conseguir lo quieras incluso sin dinero, por ejemplo recurriendo al viejo truco de hacerles una oferta que no puedan rechazar. Les mandas unos matones y te pasan el yate. Es tuyo. ¿Llega la policía a quitártelo? No importa, tu tienes un ejército para defenderte. ¿Llega un ejército a atacarte? Vuelve a convertirte en presidente y les tiras una bombita.

Lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿para qué querrías dinero o poder? ¿Para comprar lo que quieras, supongo? Pues bien, siendo Dios puedes acceder a los beneficios de esa cosa, sin pagar por ella. Esa es la gracia de ser Dios, tomar lo ajeno sin pagar. Becerros, sacrificios, guerras, todo en tu nombre, ¡y sin pagar un peso! Y también hay intangibles que podrían interesarte. ¿Te gustaría volar a lo Superman? ¿Cómo, volar? ¡Sí, volar! Volar por los aires, sin necesidad de tener alas. Simplemente piensas “puedo volar” y ¡zap! ya estás volando. U otros poderes, el que te imagines. Capitán planeta sin necesidad de comprar un anillo, garras de Wolverine sin tener que dejar la higiene de uñas por un mes, o tirar fuego sin que debas comer ají y pasar tres días sin lavarse los dientes. Todos los poderes, el que quieras, el que imagines. Pero, al final, para qué darse tantas vueltas con deseables insignificantes. Para qué estamos con cosas. Al final, todo se reduce al imperativo genético: pasar el mensaje, replicar el ADN. Así es que la respuesta a la pregunta que importa es sí, también se puede tener cualquier pareja, imaginaria o no. Y tener sexo, mucho sexo, de todas las formas, sin fin, sin cansancio, con mucho placer, con muchísimo placer. Y lo mejor: con quien quieras. Por supuesto que podría ser con la que nunca te quiso, pero, ya que eres Dios, ¿para qué te quedas con ella? Piensa en grande. Por ejemplo, Angelina Jolie. Oh, sí. Oh, sí. ¿No es tu tipo? Entonces con Scarlett Johansson, Jennifer Aniston o Marilyn Monroe. Sí, leíste bien, dije Marilyn Monroe, la que murió hace tiempo. ¿Recuerdas que eres Dios? Puedes resucitar a los muertos… ¡y luego tener sexo con ellos! Aunque, claro, no tienen que verse zombie… a menos de que eso sea lo tuyo.

Pero vamos a lo primero. Antes de tirarte a Scarlett, debes convertirte en Dios. Para convertirte en Dios, tienes que darte cuenta de que estás soñando, lo que implica pasar a un estado de conciencia que reside entre el sueño y la vigilia. Eso es difícil, pero lograble. Lo que es todo un desafío es mantenerte en el sueño.

Me explico. Cuando te das cuenta de que estás soñando, lo primero que hace tu mente es despertarse. Para evitar despertarte, debes tranquilizarte y relajarte dentro del sueño. Y, ay que es difícil. Es dificilísimo. Al darte cuenta de que estás soñando, tu mente pasa automáticamente a un estado de vigilia.

Imagínate esto. Estás en la playa, acostado en una toalla con tu novia, tomando sol y discutiendo acerca de cuál de los restoranes temáticos visitarán por la noche. Claro, estás de vacaciones en ese resort increíble. Mientras piensas en los restoranes, ella te pregunta, “¿qué paseo tomaremos mañana?”. Por supuesto, hay muchas alternativas. Mañana podrías ir a los cayos, a bucear o a visitar el pueblo. Y entonces recuerdas el informe que debes entregarle mañana a tu jefe. Lo que no tiene ningún sentido, puesto que estás en la playa, de vacaciones. Luego de un instante, te das cuenta. Recuerdas que ya volviste de las vacaciones, y que ese informe es, lamentablemente, lo que te espera mañana. Oh no, nada de restoranes temáticos ni paseos. En ese momento te das cuenta de que estás durmiendo. Pero no sales inmediatamente del sueño. No, mientras piensas en el informe, todavía dormido, el sueño comienza a cambiar rápidamente. Esa toalla tan cómoda sobre la que descansaba tu espalda se transforma en la mesa de tu oficina, y la sombrilla en una lámpara. Es más, ya no estás acostado, sino en sentado en tu escritorio, frente a tu computador, pensando qué temas incluir en el informe. Para ese entonces ya estás consciente de que duermes, y piensas “no, no, no! devuélvanme la playa! mañana hago el informe, mañan–” y te despiertas. Lo único que se no se esfuma es tu novia, que sigue acostada a tu lado. Sin embargo, está en la cama, durmiendo. Y tal vez tiene 20 kilos -y años- más que en el sueño. Y se llama esposa. Uf.

Pero no hay que desesperar, existen técnicas para mantenerse en el sueño. Todas las técnicas pasan por mantener la calma para evitar que el sueño se termine y pases al estado de vigilia. Una de ellas es mirarse las manos. No sé por qué sirve, pero sirve. Seguramente es porque concentras tu atención en algo distinto a lo que sea que estés viviendo en el sueño, en algo que conoces. Las manos son algo simple y que no significa ninguna amenaza o emoción. ¿Cómo se hace? Muy simple, volvamos al ejemplo de las vacaciones en la playa, al momento en que te acuerdas de que mañana no vas a ningún paseo sino que tienes que escribir un informe. Ahí, cuando las cosas no calzan, te das cuenta de que estás soñando, y en ese mismo momento, dentro del sueño, te miras las manos. Digamos que alcanzas a hacerlo mientras todavía estás en la playa, de espaldas, tendido en la toalla de playa. Te quedas ahí y te miras las manos, pase lo que pase. No despegas la vista de ellas aunque llegue el ex de tu novia y se la lleve a tu pieza del hotel. Aunque te esté quemando el sol y te salgan ronchas. Aunque venga un maremoto. Sólo asegúrate de que estás en un sueño, sino podrías resultar herido o, en el mejor de los casos, verte muy imbécil.

Eventualmente, si logras relajarte, te habrás quedado en el sueño. Luego de un buen rato viéndote las manos, en realidad, puede pasar una de dos cosas. Lo deseable es que te hayas relajado lo suficiente como para que, al despegar la vista de tus manos, sigas en el sueño y estés consciente de ello. En ese caso, llegaste a la parte entretenida. Sin embargo, también puede ocurrir que te relajes a tal punto de que olvides de que estabas soñando y, por lo tanto, se esfume tu momento de lucidez.

Si logras quedar consciente en el sueño, habrás alcanzado el estado de ‘sueño lúcido’. De ahí puedes comenzar a hacer de las tuyas: convertirte en Dios y tirar bombitas o tirarse a unas minitas.

La cosa es que aquí estoy, parado frente a la entrada de mi colegio. Soy un niño, soy el yo de hace unos cinco o diez años atrás. Corrección, de hace unos quince o veinte años atrás. A ver, no, nunca tanto… salí del colegio el 2001, y por mi apariencia debo ir en… me miro los zapatos, y qué zapatos más chicos llevo puesto. Séptimo básico a todo reventar, así que deben faltar unos seis años para egresar. Sumando doce más seis, diez y ocho. Parece que acabo de volver diez y ocho años hacia el pasado.

Muchos padres con sus hijos pasan por el portón externo hacia el patio interior, a dejar los niños. Otros ya vienen saliendo, algunos de ellos se voltean para despedirse o lanzar besos a sus hijos e hijas, los que miran desde unos 30 metros, a punto de entrar por la puerta principal debajo de la gigantografía que muestra el nombre del establecimiento: “The Antofagasta British School”. Estoy de pie, como petrificado, observando todo esto y reconociendo algunas caras que no veía hace años.

Allá viene subiendo raudo el papá de Carolina, ¡y está muchísimo más joven! Viene con dos niñas de la mano, una muy pequeña a la izquierda y otra algo más grande a la derecha. Él va hablando con la pequeña de la izquierda, pero sin mirarla. Ella da pasos cortos, dos por cada paso que da él, mirándolo mientras conversa. Con el ruido ambiente, las risas, los autos, los gritos, no logro escuchar de qué hablan. La pequeña lleva una cara algo molesta, quizá porque casi va volando con lo rápido que la lleva su padre. Ya alcanzando el portón, la niña de la derecha se suelta de él y, girando hacia el portón, cruza miradas conmigo por un segundo. Al mirarme cambia la sonrisa por un leve gesto de desdén. ¿Será ella? No puede ser. Es Carolina, pero parece muy distinta. No la recordaba así, está… ¡sí, es ella, y es una niña muy chica! ¿Seré igual de niño yo, o me veré de mi edad actual? Miro a la otra niña, la pequeña que venía conversando con el papá, pero ya se ha volteado y camina hacia la puerta principal. Debe haber sido ser Fernanda o Constanza, una de las hermanas chicas de Carolina. Ella sí que es chica. ¿Irá todavía al jardín infantil?

Sigo parado e inmóvil sobre el mismo lugar. Llevo unos dos minutos aquí, y caigo en cuenta de que debe ser un sueño. Claro, lo es, no existe ninguna otra explicación posible. Ayer estuvimos conversando acerca de cómo sería volver al pasado, y éste es el sueño que mi cabeza ha inventado. Lo encuentro tan real que comienzo a inquietarme y respirar rápido. Un sueño real es como –valga la redundancia– el sueño húmedo del soñador lúcido. Todo el poder de Dios, pero mucho más real. Jennifer Aniston se ve realmente como Jennifer Aniston. Puedes ver detalles de lo que pasa alrededor. Sientes olores y sabores. Es increíble, pero no pasa a menudo. Así que con mayor razón te pones nervioso y agitado. Seguramente, pienso, me estoy moviendo en la cama y estoy apunto de despertar. Así que recuerdo mis técnicas para mantenerme en el sueño y me miro las manos. Me quedo ahí, mirándolas, pero mi oído me traiciona. Los sonidos son tantos, tantísimos, que no puedo sino prestar atención al exquisito grado de detalle que ofrece mi sueño. Escucho distintos motores de auto, las distintas voces de los miembros de un grupo que pasa a mi lado caminando hacia el portón, un grito y una risa a lo lejos, el timbre del colegio. La campana que avisa que ya hay que entrar. No recordaba la campana, sólo el timbre que la reemplazó después y que me acostumbré a oir durante la educación media. Al escuchar la campana, la recuerdo y encuentro que el sueño la retrata idéntica a como sonaba en su momento. Me agito muchísimo, se acelera mi corazón y lo puedo sentir. Ya apenas puedo contener el sueño… seguro que ya me despierto.

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