Aside

Novela, episodio 2: Dame luz.

(Importante: estás leyendo una continuación de este cuento)

El sonido de la campana es tan real que me inquieto. Mientras continúo mirándome las manos, con la cabeza gacha, pienso cómo mi mente puede recordar tantas cosas y retratarlas todas a la vez. Y el realismo, el realismo es increíble. La riqueza de los sonidos todavía sigue ahí y mi capacidad para notarla no se ha esfumado, pienso, para verificar que sigo consciente dentro del sueño. Mi mirada, apuntando hacia abajo y fija sobre mis manos, se desvía ligeramente y se enfoca en el suelo que tocan mis pies. Una vereda de concreto muy gastada, manchada y algo polvorienta, como es común en Antofagasta. Las manos, las manos, concéntrate, pienso o murmullo, e intento volver mis ojos a lo que deberían enfocar para relajarme y permanecer en el sueño. Mientras escucho el sonido de los automóviles que vienen a dejar niños y los gritos de estos últimos, recuerdo haber escuchado que las veredas se van desgastando producto del sol y la falta de lluvia.

 

En ese momento mis ojos se desvían inexorablemente a los zapatitos de alguien parado a mi lado. Son incluso más chicos que los que llevo puesto. Fijo mi mirada en esos pies que no son los míos y, olvidando momentáneamente que debería concentrarme para no despertar, giro la cabeza para ver de quién se trata. Antes de poder fijar mi vista en la cara del niño vestido con pantalones grises, camisa, chaleco azul marino y corbata azul y trazos rojos, el dueño de los pies habla con tono de ligera molestia y exasperación: “Pablo, ¿qué haces?”. Pasan por mi cabeza varios pensamientos a la velocidad de la luz: lo agudo de su voz, su sonido familiar, su parecido con los gritos de los niños que van entrando al colegio, y el hecho de que el que sea tan aguda revela esa edad en la que la voz de un niño suena igual a la de una mujer joven. Sí, reconozco la voz, y ahora que logro fijar mi mirada sobre la cara del niño, que levanta sus cejas como esperando una respuesta de mi parte, me doy cuenta que se trata de mi hermano. Es Sebastián, con unos veinte años menos, que viene conmigo al colegio.

Él levanta más las cejas, exigiendo una respuesta. Mi boca se abre pero no para emitir sonido alguno sino de la pura impresión. Lo debo ver con una cara de tal confusión que su semblante cambia a uno de incomprensión. Entrecierra los ojos, quizá tratando de descifrar qué broma que le estoy jugando. Luego de un segundo, y viendo que no hago gesto alguno -estoy boquiabierto fijándome en su rostro-, él muestra una ligera sonrisa y pregunta de nuevo, con esa voz aguda y todavía en desarrollo que ahora asocio completamente con él: “ya po, ¿vas a entrar?”.

Me doy cuenta de que me falta el aire, parece como si hubiera olvidado respirar un par de minutos. Aspiro profundo, sacudo mi cabeza y sonrío de alegría al ver que sigue ahí. Él vuelve a su semblante original: arquea las cejas y se muestra exasperado (“¿se acabó la broma?”). Este sueño es increíble, pienso, y recuerdo que si no me controlo ya me despertaré. Pero son tantos los estímulos, los sonidos, que no logro hacerlo. En ese momento, mientras pienso qué responderle a este espejismo en alta definición de Sebastián hace veinte años, una música comienza a llegar a mis oídos. Un par de tonos revelan una canción que me es familiar, pero no logro distinguirla entre el barullo de autos, gritos, campana, y todos los sonidos que integran esta fantasía. Trago saliva y aguzo el oído, agradeciendo que la campana haya dejado de sonar al fin. En ese momento Sebastián comienza a hablar. “Pablo, si–” pero lo paro en seco con un ademán de mi mano y negando con la cabeza. Él se cruza de brazos y, molesto, agacha la cabeza y se pone a caminar hacia el colegio, alejándose. No me vuelvo para hablarle ni detenerlo, porque mi mente está completamente enfocada en el misterio de la música. Siento como si descifrar esa canción fuera a revelar todo lo que necesito saber. Por lo que, parado en el mismo lugar, comienzo a buscar el origen de la música, que aumenta de volumen, como acercándose.

Fijo mi mirada en autos, personas y una ventana al otro lado de la calle, buscando el origen de la canción. El sonido va y viene, pero cuando estoy a punto de identificarlo queda oculto por gritos, voces y motores. El misterio se resiste a ser revelado. Las manos, pienso, debería concentrarme en las manos, pero dejo de lado rápidamente esa idea cuando me doy cuenta que la canción proviene de un auto que se acerca por la calle en dirección al colegio. Cuando va pasando justo a mi lado, el conductor baja el volumen de la radio pero alcanzo a escuchar lo suficiente para poder identificarla: se trata de “Dame Luz”, de Nicole. Guau, esa canción no la escuchaba hace mucho, mucho tiempo. Giro mi vista siguiendo al automóvil y rogando para que le suban de nuevo el sonido a la canción, ya que me encantaría escuchar cómo termina. El Datsun verde, sin embargo, se aleja unos metros y detiene su marcha frente al portón del colegio, donde se bajan dos niños que creo haber visto antes. ¿Irán en el curso de abajo?

Sin pensarlo mucho, comienzo a caminar hacia el portón entre otros niños que corren para evitar el atraso. Tarareo la canción e intento recordar qué teleserie la volvió famosa.

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