Aside

Novela, episodio 3: El umbral de la puerta

(Importante: estás leyendo el tercer capítulo del cuento. Puedes ir al capítulo anterior o al principio)

Cruzo el portón entre puros cabros chicos que corren y se empujan. Refraseo: soy el único cabro chico que no corre. Un poco más allá va Sebastián, pero lo pierdo de vista cuando pasa por el umbral que separa el patio delantero del interior. Apuro el tranco mecánicamente y observo todo lo que me rodea mientras voy andando hacia la puerta principal. Veo los antiguos bancos de concreto donde uno se sienta a esperar a los papás a la hora de salida. La enorme pared del gimnasio hacia mi izquierda parece más alta que nunca. Reconozco los aromos torcidos por el sol y el clima, con sus hojas duras y color verde oscuro, y percibo su olor junto al de las plantitas escuálidas que adornan los jardines. Los jardines son minúsculos porque tener uno en Antofa es como tratar de hacer crecer un árbol en Marte. El olor de las pocas plantas que decoran este patio es uno que no sentía hace mucho… olor a entrada de colegio. Comprendo por qué se me aprieta la guata cada vez que paso cerca de un aromo.

Ya llegando a la puerta principal alcanzo a ver a Miss Angélica sonriéndole a una pareja de papás, los que no alcanzan a despedirse de su hija cuando ésta ya se aleja corriendo al jardín infantil. No recordaba la cara de Miss Angélica con tanto detalle. La sonrisa, los ojos… tal vez me lo invento o lo imagino, porque nunca fui muy cercano a ella –la conocí sólo porque mi hermana menor, Victoria, iba en el jardín infantil. Me intriga qué cosas puede crear mi mente y sigo andando con mi vista fija en Miss Angélica. Por un momento su cara queda oculta por la pareja de papás que obstruye mi vista. Cuando avanzo un par de metros y la vista se despeja, Miss Angélica me mira, inclina su cabeza como dándose cuenta que tengo los ojos clavados en ella, sonríe y me saluda. Sigo mirándola mientras camino a paso apurado, pero sin hacer gesto alguno. Me doy cuenta de que debo parecer raro mirándola fijamente, sin sonreír, y me da vergüenza. Ella arquea las cejas y hace un gesto con sus manos hacia la puerta, “apúrate en entrar”. La pareja de papás que me daba la espalda se voltea sonriente para ver a quién le hace señas la miss.

Vuelvo rápidamente mi vista hacia adelante, evitando el contacto visual, avergonzado por haber atraído la atención. Inmediatamente me reprocho por sentir vergüenza y por no haber sonreído ni saludado; ni siquiera me fijé quiénes eran los dos papás pero, como siempre, ya es tarde para hacerlo. Esa maldita vergüenza… me encuentro más estúpido aún cuando recuerdo que es todo un sueño y que tengo el control absoluto de la situación.

Sí, es todo un sueño, pienso, y me detengo justo en el umbral de la puerta. Mi vista se pierde en las baldosas azul oscuro del piso mientras pienso en lo estúpido de la situación. Si es que existe un lugar donde puedo no ser vergonzoso, es en mi propio sueño. Inconscientemente, asiento con la cabeza como aprobando mi análisis. Decido sobreponerme a la estúpida vergüenza e ir a saludar a Miss Angélica. Lo tomaré como un ejercicio, así aprenderé. Tendré que superar toda la situación, la que será incómoda porque en vez de haber respondido la sonrisa de Miss Angélica y la mirada de la pareja de papás, me había hecho el loco. Sí, será un ejercicio-castigo, me lo merezco, y decido ser así de ahora en adelante, callando rápidamente la otra idea que llega como relámpago a mi mente, las innumerables veces que he pensado esto anteriormente.

Así que me giro para volver sobre mis pasos, decidido a ir a saludar a Miss Angélica. La busco entre los pocos niños y jóvenes que corren en dirección a la puerta principal bajo la que estoy parado. Mis ojos la encuentran a pocos metros donde la había visto por última vez, caminando hacia el jardín infantil. Ya es tarde, pienso, no tiene sentido, la intención del ejercicio es lo que vale, la próxima vez lo haré bien a la primera y otra sarta de ideas reconfortantes que mi mente genera a la velocidad de la luz para evitar la estupidez que quiero hacer, ir a saludar a Miss Angélica sólo para darme una auto lección, para sobreponerme a la vergüenza. Hay tanta gente mucho más vergonzosa, para qué ir, qué le diré, casi ni la conozco. Me quedo parado un segundo, viendo como se aleja, hasta que me convenzo nuevamente de que estoy en un sueño y que sería un imbécil del porte de un buque si es que no puedo sobreponerme a la vergüenza en mi propia fantasía.

Así que me pongo a caminar decidido hacia ella, pero no alcanzo a dar ni dos pasos y una mano me toma del hombro, reteniéndome en el lugar donde estoy. Las mil formas de meterle conversa a la miss se esfuman con la imagen de la mano que veo sobre mi hombro, de la que salen dedos gordos y agrietados. “¿Para dónde va, señor Marambio? Está atrasado” dice desde arriba y atrás la voz ronca de Boris, que reconozco por el tono.

¡Es Boris! Cuando estaba en educación básica era inspector, luego se convertiría -en mis años de educación media- en profesor de Técnico Manual, uno de los ramos más entretenidos que recuerdo. Llegaríamos a ser buenos amigos. Me volteo y sonrío al verlo, es un viejo amigo y parece mucho más joven. Ahí está, un gigante desde mi punto de vista.

— ¡Buena, Boris! — le digo automáticamente, dejándome llevar por la alegría de ver un rostro familiar en esta situación extraña, alguien al que no había visto hace tiempo.

— ¿Cómo que Boris? — responde, reemplazando la leve sonrisa que mostraba su boca y por un rostro severo y sorprendido por la insolencia de este cuico chico atrevido, de este mocoso que lo trata como a uno de sus amigos — ¿cuidadito, ah? Inspector Boris. Inspector.

Me avergüenzo; llego a sentir mis mejillas de lo rojas que deben estar. Claro, soy mucho más joven, todavía no somos amigos, es más, apenas nos conocemos. Y más encima es inspector de Educación Básica. La alegría de ver a este rostro conocido se esfuma como un rayo, bajo rápidamente la vista y balbuceo una disculpa. Camino rápidamente en dirección hacia el patio interior, tratando de escabullirme y olvidando nuevamente que estoy en un sueño, que es mi sueño, que puedo escoger qué es lo que ocurre y que podría volver y decirle una y mil veces “cómo estai, Boris, viejito”, “¿soy yo, no me reconoces?”, “¿cuándo vamos por una chelita?”

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