Aside

El fenómeno del Jumbo

La cafetería del Jumbo nunca fue un lugar agradable para comer. Es impersonal, está dentro de un supermercado y, peor aún, te pueden ver tomando un café dentro del supermercado, lo que destruye en el acto un pedacito de tu reputación.

Ese día llegué entre dos trámites para hacer tiempo. Andaba cerca, no había ninguna cafetería alrededor, era una mañana fría y el siguiente trámite quedaba por ahí mismo. Ahí está, 5 justificaciones más que razonables para entrar por un café al súper.

Entrar a un supermercado a las diez y media de la mañana de un martes te hace sentir alienado. Primero, hay mucha menos gente de la que estás acostumbrado a ver si, como yo, visitas los súper después de la oficina o los fines de semana. En segundo lugar, porque te podrías olvidar de qué día u hora es. Todo está hecho de manera tal que el mundo exterior no se vea, ni se oiga, ni se sienta. La música de supermercado, el ruido de los carritos, el color de los productos y una que otra jumboferta son los ingredientes de una receta que se repite día tras día y año tras año, y que hace que todo se vea siempre igual. En ese sentido, un súper es como un casino. Da lo mismo si son las 8 de la noche de un viernes o el mediodía de un sábado, la experiencia es siempre la misma.

Y por la misma razón, se siente extraño visitarlo un martes por la mañana. De alguna forma sientes que está mal, que estás equivocado, que no deberías estar ahí. Mientras te internas en el supermercado, tu conciencia, confundida, empieza a asaltarte con dudas. Qué hago aquí, qué vergüenza, debería estar haciendo algo más productivo. Si ya pasas la zona de los carritos la sensación es más fuerte, piensas que has perdido el rumbo de tu vida o que estás a punto de hacerlo, y te obligas a bajar la vista para evitar hacer contacto visual porque si te llegas a topar con alguien todo se va a la mierda.

Y ruegas para no encontrarte con una amiga en prenatal, un tío abuelo o un compañero de colegio que no ves hace tiempo. Qué les dirías, hola, sólo pasaba por aquí y aproveché de venir a tomar un café, un café, te preguntarán con cara de incrédulos, sí, un café, dirás con cara de que es muy normal y pensando que deberías haber hablado de otra cosa, y en el supermercado, responderán como tontos, sí, no sabías que había una cafetería adentro, no, no sabía, oh, el bochorno.

Tienes la sensación de que si alguien te ve ahí se preocupará, lo comentará, y eventualmente te tendrá lástima. Hola, no sabes con quién me topé el otro día, con quién, con Carlos, ah, qué es de él, le preguntarán, no sé, me dejó preocupado, por qué, me dijo que iba por un café, pero si eso es muy normal, replicará el otro, no, resulta que me lo topé en el supermercado, ah chuta, sí, fue un martes por la mañana, oh, me dio pena, sólo había abuelos y él en el supermercado, no me digas, pobre, y eso que era un tipo inteligente, recuerdas como pensábamos que sería alguien muy exitoso, sí, ahora parece perdido.

Pensaba todo esto mientras seguía rumbo a la cafetería y me dio pena, luego mucha tristeza, e inmediatamente sentí pesar por mí, por lo que hacía de mi vida, ahí, en el Jumbo a las diez y media, y me embargó una angustia caballuna al imaginar qué estarían haciendo en ese momento mis amigos, mi familia, los compañeros de la universidad. Fue la misma angustia que te da cuando decides hacerte el enfermo y no ir a trabajar, la que te aqueja de repente en la cama cuando te das cuenta de que estás solo en casa viendo el matinal.

La mezcla de angustia y pesar me hizo recordar momentos difíciles, como cuando me dejó la Matu, cuando me echaron de mi primera pega hace diez años y esa vez que me pegó el abuelo cuando tenía doce. Y me acongojé, sentí que mi labio hizo un puchero y emití un gemido, todo a la vez y sin esperarlo, y para intentar controlarme giré por el primer pasillo que vi. Fue un momento terrorífico y mágico a la vez, porque me puse a llorar, como no lo hacía desde que dejé de ir al sicólogo, no, fue un llanto más puro, como de niño pequeño. Primero lloré calladito y luego me puse a llorar de pleno y ruidoso, no podía parar, así que bajé la cabeza y me llevé las manos a la cara para taparme. Pensé en mi vida, en lo mal que estaba todo, en cómo era posible, y lloré, primero por razones, luego por recuerdos, luego por el sentimiento de pena y finalmente lloré por llorar, lloraba desde adentro, frente a un plasma en oferta, sin posibilidad de controlarme.

Gracias a Dios comencé a retomar el control; el llanto había sido como una lluvia relámpago y ya se iba. Los llantos se convirtieron en gemidos y los gemidos en respiración agitada. Lo que no desapareció del todo fueron las lágrimas, las que me habían mojado todas las manos y me corrían por las mejillas hasta el cuello de la camisa. También habían quedado mojados unos mechones de pelo que seguramente había rozado con mis manos. Recobrando mis sentidos, me puse a revisar dónde estaba y si no me habían visto. La cordura retomaba el control. Me sequé las mejillas con las manos, las manos con el pantalón y disimuladamente comencé a observar mi alrededor. Estaba en el pasillo de los electrodomésticos, ese lugar donde un ejecutivo de retail incluye desde televisores hasta planchas de ropa, pasando por lavadoras y tarjetas micro SD. Básicamente, incluye todo lo que funcione con electricidad y que sea más complejo que una ampolleta.

Horror, estaba en el pasillo donde no quieres que te vea nadie. Mejor te das media vuelta y te vas, te largas, corres por tu vida y tu reputación, mira que estás frente a las teles. Y que te vean vitrineando teles, o que sólo supongan que lo estás haciendo, a las diez de la mañana de un martes, con cara de llanto, es aún peor que te vean tomando un café un par de pasillos más allá. Mil veces peor.

Lamentablemente, en ese momento ocurrió lo impensado, lo peor de todo, me saqué el antiloto. Ahí estaba la Matu a unos diez pasos de distancia empujando un carrito con un niño pequeño de pasajero, caminando al lado de su nuevo novio o esposo. Me fijé en ellos cuando, con cara de preocupación o miedo, ella le susurraba al oído a él mientras ambos tenían su vista clavada en mí. Mierda, mierda, mierda. Lo primero que pasó por mi mente fue “correr”. Corre, corre lejos, hazte el loco, piérdete de este lado del pasillo entre esos abuelos. Los abuelos del este lado también me miraban, él con cara de preocupación y ella con cara de pena, arqueando las cejas. Mierda, qué imbécil. Mierda, mierda, mierda, vergüenza total.

Estaba petrificado, no sabía que hacer. Era uno de esos momentos en los que la realidad es tan terrible, tan inesperada y tan desastrosa que podrías estar en un sueño. Mi apariencia, evidentemente, no era de lo mejor. Seguramente tenía los ojos rojos, sentía un par de mechones mojados o quizás pegados por las lágrimas, tenía el pantalón manchado con las manos que me había secado, sentía el cuello de la camisa mojado y además un frío desagradable sobre mi boca. Mocos. Lo que me molestaba bajo la nariz no eran lágrimas que no había alcanzado a secar, eran mocos que salían de ésta, mocos que ya casi se metían en mi boca, que a todo esto la tenía abierta. Anonadado como estaba y sin saber qué hacer, pensando a la vez en alguna escapatoria que no fuera peor de lo que ya estaba viviendo, y en cómo limpiarme antes de que los mocos bajaran hasta mi boca, giré mi cabeza hacia el lado de la Matu.

Ella venía caminando hacia mí con cara de preocupación y pena, mientras él se quedaba unos pasos más atrás con el bebé, al que había tomado en brazos quizás de forma instintiva para protegerlo de este fenómeno asqueroso que revisaba teles llorando. Instintivamente, me lamí los labios. Como cuando era niño y lloraba, me los langüetié y succioné para aumentar la capacidad de absorción. Y lo hice lento; pasé mi lengua por sobre mi labio, recolectando mocos, antes de darme cuenta la estupidez que estaba cometiendo.

“¿Carlos?” Ahí viene, está a tres metros y acercándose, con cara de suma preocupación, “¿estás bien?”, pregunta mientras me cubro la boca con un brazo, como limpiándome, pero sólo para disimular el momento en el que trago los mocos que tengo en la boca. “Hola, ¿cómo estás?”, pregunto con una sonrisa, en el acto arrepintiéndome de mi respuesta-pregunta, tan imbécil para esta situación, cuando había mil formas mejores de responder. Ella apoya su mano en mi hombro, e ignorando mi saludo pregunta “qué pasa, Carlos? qué pasó?”. Ahí está, hazte el triste por algo, es la mejor forma de salir de esta situación. “Joven, ¿está bien? tranquilo, respire”, dice el abuelo por mi espalda. No logro pensar, tengo que salir de esto y no sé qué decir. Agacho mi cabeza para que crean que sigo triste, triste por qué, no sé, ya lo pensaré, tengo que pensar en algo, estoy triste, trata de llorar, eso sería lo mejor, sí, llora como lo hacías hace un momento y lograrás salir sin explicar nada, sólo tendrías que llorar descontroladamente y pensarán que algo terrible ha pasado, y te salvarás.

Intento llorar, pero no puedo. Pienso en mi abuelo, en la pega que perdí, y todo parece tan estúpido ahora. No sé por qué me dio pena antes, y no logro llorar ahora. Pienso en la Matu, cuando me dejó, pero es imposible llorar ahora, con esta vergüenza, con ella aquí, tomándome del hombro y esperando una respuesta. Intento emitir un gemido, lo hago, y sale demasiado disimulado, demasiado falso, pero ya está hecho, no se puede deshacer, tengo que seguir, ya no hay vuelta atrás, si paro sí que se verá falso. Saco otro gemido mal hecho, con un gallito, y me llevo las manos a mi cara.

Ya está, estoy acabado, por qué quise seguir llorando, es todo tan estúpido. Matu retira su mano de mi hombro y me la pone en la espalda, y comienza a sobarme. Parece que se tragó el chamullo, cree que lloro de verdad, pero ya todo parece tan estúpido, la situación es tan ridíciula que no logro disimular una sonrisa. Emito otro gemido, mil veces más falso que todos los anteriores, y la mano de Matu deja de sobarme la espalda. De reojo veo que está mirando con cara de confusión su novio y luego gira rápidamente su cabeza para verme a mí, y ve que yo la miro de reojo, como loco, con una sonrisa, como un pervertido. Se ha ido todo a la mierda, me descubrieron. Soy un loco llorando frente a un plasma. De repente esta imagen de mi vuelto loco y llorando frente a un plasma es lo único que queda en mi mente y se me escapa una risa, pero logro controlarme.

Lo que no logro que se vaya es la sonrisa, sigue ahí, seguramente por las infinitas ganas de reír que tengo, de morir a carcajadas hasta que me duela la guata. Retiro las manos de mi cara y me paro erguido, ya no tiene sentido dismiluar. Me giro hacia la Matu, que ha retrocedido un par de pasos y me observa con la boca abierta, como sin saber qué hacer o decir, quizás con vergüenza también de esta situación. Sí, tiene vergüenza porque las mejillas están más rojas que un tomate. Tal vez cree que le tomo el pelo, que es todo un engaño, que la busqué dos años después, a las diez de un martes, en el Jumbo, para que me hiciera cariño. Y ese pensamiento hace que se me escape una carcajada, pero por respeto o por decoro logro aguantarla, cierro la boca y no sale sonido alguno, pero la risa veía con tanta fuerza que se me escapa un chorro de mocos por la nariz como si hubiera estornudado. Los mocos caen ahí, a medio metro, justo entre la Matu y yo.

Y los dos bajamos la vista, y nos quedamos viendo los mocos. Rápidamente me doy media vuelta, enfrentando a los abuelos, que según alcanzo a ver mientras escapo también miran incrédulos los mocos pegados en el piso. Paso andando entre ellos, luego troto y finalmente doy la vuelta al pasillo rumbo a la salida del supermercado, la que alcanzo en diez segundos corriendo.

Nunca más entro al Jumbo un martes por la mañana.

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