El mail lo decía todo

Venía atrasado. Por haber corrido desde la salida del metro, la espalda se me había mojado con transpiración. Mientras me soltaba el botón del cuello con una mano, le hice una seña a la secretaria con la otra para que me abriera la puerta de vidrio. Luego de entrar y dar un salto algo torpe a la mesita de recepción, le dije rápidamente: “Vengo a una reunión con Don…”, pero en ese momento me acordé de que había olvidado revisar el nombre en el metro. “Emm… con Don…”, agregué para ganar algo de tiempo.

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El meico de Colchagua

La neblina impedía ver a más de 50 metros, pero aún así podía distinguir las hileras de álamos que aparecían y se desvanecían a medida que la camioneta avanzaba a saltitos por el camino de ripio. Don José iba lento, esquivando las posas que había dejado la lluvia de la noche anterior. Tanto él como su señora eran más bien parcos, así que la entretención tenía que buscarla en otro lado. Con los baches del camino no podía leer la novela que me había mantenido despierta hasta las tres de la madrugada, así que lo que quedaba era mirar por la ventana. Lo que no estaba mal, porque pese a que los campos de la Provincia de Colchagua son muy parecidos entre sí –pastizales gigantes, zarzamoras, álamos, uno que otro huaso a caballo– no me canso de admirarlos.

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