El meico de Colchagua

La neblina impedía ver a más de 50 metros, pero aún así podía distinguir las hileras de álamos que aparecían y se desvanecían a medida que la camioneta avanzaba a saltitos por el camino de ripio. Don José iba lento, esquivando las posas que había dejado la lluvia de la noche anterior. Tanto él como su señora eran más bien parcos, así que la entretención tenía que buscarla en otro lado. Con los baches del camino no podía leer la novela que me había mantenido despierta hasta las tres de la madrugada, así que lo que quedaba era mirar por la ventana. Lo que no estaba mal, porque pese a que los campos de la Provincia de Colchagua son muy parecidos entre sí –pastizales gigantes, zarzamoras, álamos, uno que otro huaso a caballo– no me canso de admirarlos.

Unos 40 minutos después de dejar la panamericana y avanzar por este camino –a ratos de ripio, a ratos de barro– llegamos a la parcela del meico. Doña Ana y yo esperamos adentro de la camioneta mientras Don José abría el portón de palos para entrar la camioneta. Unos 50 metros más allá, al lado de la casita de adobe, Don José estacionó la camioneta. Imitando a Doña Ana, aproveché de abrigarme antes de bajar. Afuera se veía un paisaje nublado y frío. Mientras nos bajábamos, una señora –la mujer del meico– salió a recibirnos. Esperé a que José y Doña Ana saludaran primero, porque era la primera vez que venía.

— Cómo está –dijo la señora del meico sonriendo y arropándose con el chal, mientras sacaba la otra mano por debajo de éste para saludar a Don José– ¿vienen a ver al meico?

— Sí pue –respondió Don José, estrechando su mano– ¿Estará atendiendo?

— Salió a arreglar el canal, pero ya vuelve. Pasen, ¿quieren un tecito?

— Bueno, gracias –dijo don José, entrando a la sala. Yo iba detrás de él y de la señora Ana.

La sala era una pieza más bien chica, de paredes blancas y dos ventanas, una de cada lado. Al fondo había una puerta de madera. La señora del meico nos hizo un gesto indicando las tres sillas disponibles que quedaban a la derecha. Las otras dos estaban ocupadas por una señora mayor –con cara de abuelita bonachona, de unos 70 años– y por un huaso con un perro gigante a los pies. Ambos sonrieron a Don José y lo saludaron haciendo un ademán con la cabeza. Nosotras también saludamos en silencio con el mismo gesto. La señora del meico se quedó en la cocina a leña que había en una esquina, preparando los tés. La tetera hirviendo, un par de goteras y unas garzas a lo lejos eran lo único que interrumpía el silencio de la sala.

Me senté al último, después de don José y la señora Ana. Frente a mí quedó la ventana que, según creo, daba a la cordillera. Pasados unos veinte o treinta minutos vi a través de ella una figura a lo lejos, en la niebla. Al principio se veía difusa, pero al rato distinguí a un hombre a caballo bordeando la zanja del campo. Venía con una pala al hombro, un sombrero de huaso y un poncho negro con rojo. Era el meico, que volvía de arreglar el canal. Antes de entrar se sacó las botas embarradas y se sacudió el barro de los pantalones. Su señora le llevó un par de zapatos, y mientras él entraba a la sala, le preguntó si quería un té.

— No, gracias –respondió al aire, caminando con pasos largos directo a la puerta del fondo, sin mirar a nadie. Mientras entraba a la otra pieza, dijo “que entre el primero”.

El huaso del perro se levantó de su asiento con un gran esfuerzo y suspirando como si hubiera estado sentado ahí dos años. Miró a su perro, que también se había levantado y lo miraba moviendo la cola. “¡Quédate mier!”, le gritó, y levantó la mano con un gesto amenazante. El perro se sentó en el acto y agachó la cabeza mientras el huaso entraba a la pieza del meico.

Mientras esperábamos nuestro turno, la señora del meico le preguntó a Don José cómo había estado, cómo estaba Santa Cruz y si seguía vivo el cóndor de la plaza. El resto y yo escuchábamos en silencio.

— Y ella, ¿quién es? –le preguntó al rato la señora del meico a Don José, apuntándome– no la había visto antes.

— Soy Evelyn –dije, adelantándome a Don José–, trabajo en el jardín infantil. En Santa Cruz. Me alojo en la casa de Don José y Doña Ana.

— Ah, ¿y de dónde viene?

— De la Escuela Normal. Soy de Victoria –agregué.

En ese momento se abrió la puerta del meico y apareció el huaso, sonriente. El perro, que había estado sentado todo el tiempo mirando la puerta, se levantó moviendo la cola y caminó hacia el huaso, el que se agachó con esfuerzo y lo acarició bruscamente en la cabeza y cuello. “Vamos, Quiltro”, le dijo con voz áspera pero cariñosa. Luego, tomando el ala de su sombrero se despidió de la señora y salió. “Vaya usted ahora, pues”, me dijo ella con una sonrisa y arqueando las cejas. Pensé en sugerir que fuera la abuela antes, pero la señora agregó, “no debería tardar mucho”.

Caminé a la puerta que había dejado abierta el huaso y entré en una pieza oscura y con olor a humedad. La pieza estaba más bien vacía. Había una ventana tapada con cortinas y una mesa. Al otro lado de ésta estaba sentado el meico, apoyando sus antebrazos en la mesa y ocultando su rostro detrás del sombrero.

— Trajo sus aguas, ¿cierto? –preguntó– siéntese.

Asintiendo, dejé mis aguas sobre la mesa –mi orina en un frasco que Doña Ana me había dicho que trajera– y tomé asiento frente a él. Él se acomodó, echándose hacia adelante unos centímetros, todavía sin mostrar su rostro. Seguramente estudiaba el contenido del frasco.

Pasamos un minuto entero en silencio. El meico continuaba inmóvil en la misma posición. Luego pasó otro minuto más, y otro, y al cabo de un rato perdí la noción de cuánto tiempo llevaba ahí, en silencio, frente al meico que seguía inmóvil y mudo. Cambié de posición, porque la silla era dura y ya me incomodaba.

Luego de otro rato, y cuando ya me disponía a hablar por miedo a que el meico se hubiera quedado dormido, él dijo con una voz ronca:

— Usted me quiere tomar el pelo.

— ¿Cómo? –pregunté, sin entender a qué se refería.

— Que usted quiere tomarme el pelo. Usted está sana.

— Yo no le quiero tomar el pelo. Sólo vine para saber si es que me encontraba algo. Pero es cierto, no me siento enferma.

— Seguramente vino porque no cree nada, para ver si es que le encontraba algo que no tiene. Quiere tomarme el pelo.

— Oiga, –le dije algo molesta, subiendo la voz– ya le dije que no le estoy tomando el pelo, pues.

Él se quedó en silencio un momento y luego añadió:

— De todas formas le voy a dar una recomendación. No se quede leyendo hasta tarde, porque al otro día va a andar muy cansada.

Al principio no entendí a qué se refería. Luego de unos segundos, conecté los puntos. ¿Se habrá referido a que me quedo leyendo novelas hasta tarde en la noche? Debe haber visto el libro que ando trayendo, pensé. Pero en ese momento recordé que había dejado el libro en la camioneta. ¿Lo habrá visto cuando pasó frente al lugar donde quedó estacionada? En ese caso, ¿cómo sabía que era mío, y que acostumbro a leer hasta tarde? Antes de que le pudiera responder, él habló.

— Pero creo que usted no me va a hacer caso. Así que le voy a dejar unas pastillas para que ande más despierta en el trabajo, con los niños.

Quedé estupefacta. No recuerdo mucho lo que pasó después, excepto que tuve que esperar a que Don José y Doña Ana tomaran su turno, mirando a ratos a la señora del meico.

En el camino de vuelta, Doña Ana me preguntó cómo me había ido y le comenté lo que me pasó. Ella se rió y me dijo que a todos los sorprende la primera vez. Luego me contó algunas de las anécdotas que se comentaban del meico en Santa Cruz.

Una vez, dos incrédulos le habían llevado orina de yegua y se sentaron frente a él. Al cabo de un rato, él preguntó que quién era el enfermo. “Yo”, dijo uno de ellos. “Bueno, en ese caso”, respondió el meico, “le voy a decir que usted es una de las yeguas más atrevidas que ha pisado mi casa. Por favor váyase ahora y no vuelva más”

Evelyn es mi abuela, y éste es un cuento basado en una anécdota que ella me contó. Ella visitó al meico en los años 50, poco tiempo después de llegar a trabajar como educadora de párvulos a Santa Cruz, en la Provincia de Colchagua.

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