El mail lo decía todo

Venía atrasado. Por haber corrido desde la salida del metro, la espalda se me había mojado con transpiración. Mientras me soltaba el botón del cuello con una mano, le hice una seña a la secretaria con la otra para que me abriera la puerta de vidrio. Luego de entrar y dar un salto algo torpe a la mesita de recepción, le dije rápidamente: “Vengo a una reunión con Don…”, pero en ese momento me acordé de que había olvidado revisar el nombre en el metro. “Emm… con Don…”, agregué para ganar algo de tiempo.

Mientras sacaba el celular y veía con horror que no tenía señal -Vomistar siempre funciona mal, y sobre todo en un piso 18-, ella me preguntó: “¿Tiene reunión con Don José?”

“¡Sí!”, le respondí aliviado. “José Speis”, acoté, recordando el nombre completo.

“¿De qué empresa viene?”

“De…” Tragué. Olvidar el nombre de tu empresa es muy indigno, pero sabía que lo iba a recordar. Empieza con Hache. Lo tenía en la punta de la lengua. Tragué de nuevo, sólo un segundo después, lo que fue incómodo y tomó bastante tiempo porque ya no me quedaba saliva. Pensé que no sería tan indigno olvidar el nombre si fuera un motoboy y viniera a entregar un paquete, pero rápidamente me reproché por pensar tonteras en ese momento y traté de hacer memoria.

Hache. La secretaria me miraba muy tranquila, con la cabeza inclinada a un costado, esperando una respuesta. Miré hacia abajo, evitando su mirada, hache, hache, vi el celular en mi mano, mis zapatos, el piso, hache. Pensé rápidamente en qué hacer para ganar tiempo, ya que la situación se volvía incómoda. Ya había pasado algo así como cinco segundos desde que dije ‘de…’. Para tranquilizarme, me dije que es súper normal olvidar el nombre de tu empresa si llevas sólo 4 días en ella, o 2 si no cuentas el fin de semana. Cuando ya evaluaba botar algo al piso para ganar tiempo, y me reprochaba en el acto por lo estúpido de pensar en ‘ganar tiempo’ para responderle a esta secretaria, el nombre de la empresa volvió a mi mente. Hache. “Haiti Solutions”, dije irguiéndome y tratando de poner una cara muy normal. Lo estúpido fue que miraba mi celular. Seguramente la secretaria creyó que había leído el nombre de la pantalla.

“Por favor tome asiento, Don José lo va a llamar” dijo ella, y luego, indicando el único hombre que estaba sentado en las sillas a mi espalda, agregó “El señor también viene de Haiti Solutions”.

Me volteé y vi a un gordo, de unos 35 años, muy peinado. Iba de chaqueta y corbata, y llevaba unos zapatos lustradísimos. Ambos nos miramos, medios perplejos, como sin entender. No debería haber venido con zapatillas y jeans, pensé, pero por lo menos tenía camisa. Camisa sport. Algo es algo. Tragué de nuevo, y me alivié porque esta vez si había saliva. Pero inmediatamente pensé que no, que la camisa sport no iba a bastar. Me cago, debería haber venido formal… y parece que el correo así lo indicaba.

Me di cuenta de que no podía quedarme ahí parado pensando todo esto; tenía que presentarme. Nombre, nombre, en el correo salía el nombre de mi compañero. Nuevamente tuve la intención de revisar el celular, pero en el instante recordé que no tenía señal. “Eme”, recordé. “Eme. Marco”.

“¿Marco?”, le pregunté mientras rogaba para que se fijara en mi camisa y no en el resto de mi atuendo. Me respondió con una mirada de sorpresa mezclada con desconcierto. Tenía el ceño fruncido y evidentemente estaba forzando un sonrisa, aunque esta última desapareció rápidamente.

“Me mandaron a acompañarte en la presentación”, agregué mientras me acercaba y le ofrecía la mano. Sentí un sudor frío en mi sien, pero lo olvidé rápidamente.

Sacudió su cabeza. “Matías”, respondió mientras se paraba. Luego de echar una mirada furtiva a mis zapatillas, creo, me dio la mano. “Era formal”, agregó con cara y tono de reproche, y se sentó. “¿Quién te mandó?”, preguntó sin volver a mirarme. No me preguntó mi nombre.

Iba a explicarle que yo era nuevo, y que el viernes por la tarde me enteré de que tenía que venir a la oficina de Cenco a presentar con él. Le iba a decir que no me había podido preparar y que no sabía que era formal, porque sólo me enteré mediante un correo electrónico de un tal Alejandro. ¿O era Agustín?. De todas formas, el remitente era “A-algo”. Nervioso, me senté a su lado. Al sentarme quedaron descubiertos mis calcetines rojo con blanco. 

Le pregunté lo primero que se me vino a la mente, como para amenizar, pero resultó tener el efecto contrario: “¿De qué se trata la presentación?” Apenas terminé de decirlo, me arrepentí. Reunión de ventas. Obvio.

“Es de ventas”, respondió sin mirarme, y volvió a preguntar, “¿Quién te mandó?”.

“Agustín. O Alejandro.” Estúpido. ¿Qué me costaba ver el celular en el metro? “A algo”, agregué, como para quedar de completo imbécil. “Es que entré el viernes”, agregué inconexamente, como para rematar.

Volteó la cabeza y me miró desconcertado. Cono tono molesto y sin quitarme la mirada, dijo “Agustín Irigoyen. No hay ningún Alejandro”, y se volteó. Inmediatamente agregó con tono irónico, mirando a la pared contraria: “a menos de que te haya mandado otro tipo que entró en el mismo momento que tú, porque que yo sepa no hay ningún Alejandro”.

“No, eso, Agustín”, respondí sumiso, y aproveché de secarme la frente sudorosa con mi mano.

En ese momento se abrió la puerta de vidrio que daba hacia adentro, y apareció un señor de unos 40 y algo, también de terno y corbata. Matías se levantó, se abrochó la chaqueta y cambió inmediatamente su semblante, mostrando una sonrisa. Juraría que el hombre de adentro también venía con una gran sonrisa hasta que me vio levantarme junto con Matías. 

Decidí dar vuelta la situación. No podía ser que hasta ese momento haya salido todo tan mal, tan horriblemente mal. “En momentos como éste”, recordé a mi abuelo, “hay que tomar el toro por las astas”. Decidido, y recordando sonreír, me adelanté a Matías y caminé los dos o tres pasos que me separaban del hombre de adentro. Pasó todo muy rápido, pero juraría que el hombre se echó un paso hacia atrás y que ya no sonreía nada. ¿Estaría asustado?

Llegué frente a él y, dándole la mano, le dije “Buenos días, don Jaime. Soy Celestino. Haití solutions”. 

Parece que apreté un poco fuerte, porque él puso cara de dolor y me quitó su mano con fuerza, como quien se da cuenta de que el perrito que acaricia es en realidad un guarén. Como yo tenía la mano mojada con sudor, su mano se deslizó como un jabón. Él se la miró con cara de asco y se la limpió, muy poco disimuladamente, en su pantalón.

“Me llamo José”, dijo bajito, como avergonzado.

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