El mail lo decía todo

Venía atrasado. Por haber corrido desde la salida del metro, la espalda se me había mojado con transpiración. Mientras me soltaba el botón del cuello con una mano, le hice una seña a la secretaria con la otra para que me abriera la puerta de vidrio. Luego de entrar y dar un salto algo torpe a la mesita de recepción, le dije rápidamente: “Vengo a una reunión con Don…”, pero en ese momento me acordé de que había olvidado revisar el nombre en el metro. “Emm… con Don…”, agregué para ganar algo de tiempo.

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El meico de Colchagua

La neblina impedía ver a más de 50 metros, pero aún así podía distinguir las hileras de álamos que aparecían y se desvanecían a medida que la camioneta avanzaba a saltitos por el camino de ripio. Don José iba lento, esquivando las posas que había dejado la lluvia de la noche anterior. Tanto él como su señora eran más bien parcos, así que la entretención tenía que buscarla en otro lado. Con los baches del camino no podía leer la novela que me había mantenido despierta hasta las tres de la madrugada, así que lo que quedaba era mirar por la ventana. Lo que no estaba mal, porque pese a que los campos de la Provincia de Colchagua son muy parecidos entre sí –pastizales gigantes, zarzamoras, álamos, uno que otro huaso a caballo– no me canso de admirarlos.

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Aside

Novela, episodio 3: El umbral de la puerta

(Importante: estás leyendo el tercer capítulo del cuento. Puedes ir al capítulo anterior o al principio)

Cruzo el portón entre puros cabros chicos que corren y se empujan. Refraseo: soy el único cabro chico que no corre. Un poco más allá va Sebastián, pero lo pierdo de vista cuando pasa por el umbral que separa el patio delantero del interior. Apuro el tranco mecánicamente y observo todo lo que me rodea mientras voy andando hacia la puerta principal. Veo los antiguos bancos de concreto donde uno se sienta a esperar a los papás a la hora de salida. La enorme pared del gimnasio hacia mi izquierda parece más alta que nunca. Reconozco los aromos torcidos por el sol y el clima, con sus hojas duras y color verde oscuro, y percibo su olor junto al de las plantitas escuálidas que adornan los jardines. Los jardines son minúsculos porque tener uno en Antofa es como tratar de hacer crecer un árbol en Marte. El olor de las pocas plantas que decoran este patio es uno que no sentía hace mucho… olor a entrada de colegio. Comprendo por qué se me aprieta la guata cada vez que paso cerca de un aromo.

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Aside

Novela, episodio 2: Dame luz.

(Importante: estás leyendo una continuación de este cuento)

El sonido de la campana es tan real que me inquieto. Mientras continúo mirándome las manos, con la cabeza gacha, pienso cómo mi mente puede recordar tantas cosas y retratarlas todas a la vez. Y el realismo, el realismo es increíble. La riqueza de los sonidos todavía sigue ahí y mi capacidad para notarla no se ha esfumado, pienso, para verificar que sigo consciente dentro del sueño. Mi mirada, apuntando hacia abajo y fija sobre mis manos, se desvía ligeramente y se enfoca en el suelo que tocan mis pies. Una vereda de concreto muy gastada, manchada y algo polvorienta, como es común en Antofagasta. Las manos, las manos, concéntrate, pienso o murmullo, e intento volver mis ojos a lo que deberían enfocar para relajarme y permanecer en el sueño. Mientras escucho el sonido de los automóviles que vienen a dejar niños y los gritos de estos últimos, recuerdo haber escuchado que las veredas se van desgastando producto del sol y la falta de lluvia.

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Aside

Novela, episodio 1: El portón de la escuela.

Conozco varias técnicas para darme cuenta que estoy soñando y luego convertirme en un Dios. Sí, puedo ser un ente omnipotente en el sueño, capaz conocer a quien quiera, cambiar el rumbo del tiempo y de crear y destruir mundos. Como Dios del sueño, tus poderes están sólo limitados por tu imaginación. Y por el sueño, claro. Si despiertas, pierdes todas tus facultades. Básicamente, como Dios puedes hacer lo que sea excepto existir en el mundo real.

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Pausa

Nota: Post original publicado en pablomarambio.cl en 2012.

La última vez que se sentó Doña Gloria en la silla, se sintió un crujido feo. Fue un ‘crac’ que retumbó en la sala. La vez anterior a ésa, también se había acentuado la grieta en la pata inferior izquierda, pero el sonido fue casi imperceptible. Esa vez, sólo el gato y yo nos dimos cuenta. Yo, por mi oído musical; el gato porque dormía al lado, debajo de la mesa.

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